Hola a todo aquel que se tome su tiempo para pasar por este humilde rincón. En este blog, se publicarán mis fics, esos que tanto me han costado de escribir, y que tanto amo. Alguno de estos escritos, contiene escenas para mayores de 18 años, y para que no haya malentendidos ni reclamos, serán señaladas. En este blog, también colaboran otras maravillosas escritoras, que tiene mucho talento: Lap, Arancha, Yas, Mari, Flawer Cullen, Silvia y AnaLau. La mayoría de los nombres de los fics que encontraras en este blog, son propiedad de S.Meyer. Si quieres formar parte de este blog, publicando y compartiendo tu arte, envía lo que quieras a maria_213s@hotmail.com

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jueves, 28 de enero de 2016

Los placeres de la noche * Capítulo 9

Sinopsis: Kyrian, príncipe y heredero de Tracia por nacimiento, es desheredado cuando se casa con una ex-prostituta contra los deseos de su padre. El bravo general macedonio, traicionado por la mujer a la que tanto ama, venderá su alma a Artemisa para obtener su venganza, convirtiéndose así en un cazador oscuro. Amanda Deveraux es una contable puritana que sólo ansía una vida normal. Nacida en el seno de una familia numerosa y peculiar, tanto sus ocho hermanas mayores como su madre poseen algún tipo de don, una de ellas es una importante sacerdotisa vodoo, otra es vidente, y su propia hermana gemela es una caza-vampiros. Cuando su prometido la abandona después de conocer a su familia, Amanda está más decidida que nunca a separarse de sus estrambóticos parientes. Pero todo se vuelve en su contra y, tras hacer un recado para su gemela, se despierta en un lugar extraño, atada a un ser inmortal de dos mil años y perseguida por un demonio llamado Desiderius. Por desgracia para ellos, Desiderius y sus acólitos no son el único problema que deben enfrentar. Kyrian y Amanda deben vencer ahora la conexión que los une; un vínculo tan poderoso que hará que ambos se cuestionen la conveniencia de seguir juntos. Aún más, él sigue acosado por un pasado lleno de dolor, tortura y traición que le convirtió en un hombre hastiado y desconfiado. Cuanto más descubre de su pasado, más desea Amanda ayudarle y seguir con él y darle todo el amor que merece...



La autora dice: Este libro es completamente propiedad de Sherrilyn Kenyon. Es el 4º libro de la serie Dark Hunter. Yo lo publico sin ningún tipo de interés económico, solo para que podamos disfrutar de esta increible historia.. y para que la temperatura suba!






CAPÍTULO 9

Kyrian atravesó el pasillo, abrió la puerta de su despacho y se encontró a Nick sentado tras el anti-
guo escritorio de caoba, de espaldas a la puerta. El sillón reclinable de cuero negro crujió cuando se

movió su Escudero, cuyos dedos volaban sobre el teclado del ordenador.

Era una imagen cotidiana.

Nick era un dios en Internet, lo que en terminología hacker significaba que podía entrar en cualquier

sitio, sin importar lo seguro que fuese el servidor. Gracias a sus habilidades, Nick, junto a Chris Eriksson

y Daphne Addams habían sido encargados del diseño y mantenimiento la web de los Cazadores Oscuros,

lugar utilizado por los Cazadores y por los Escuderos para guardar todos sus archivos y comunicarse

unos con otros.

Era bueno saber que a Nick le servía la Universidad para algo más que para conocer a mujeres de

moral cuestionable.

–Dime, ¿por qué has entrado a mi habitación sin permiso?

Nick lo miró de soslayo con una sonrisa maliciosa.

–Tío, te habías quedado dormido. Era tarde.

–¡Vamos, hombre!

Con un bufido, Nick volvió a prestar atención al ordenador, ya que acababa de recibir un mensaje.

–Eres el único hombre que conozco que puede tener un humor tan desagradable diez minutos des-
pués de haber echado un polvo con una mujer tan estupenda. Joder, ¿no sabes que el sexo sirve para

que te sientas mejor?

Kyrian puso los ojos en blanco ante los comentarios de su insolente Escudero; las normas e instruc-
ciones le resbalaban y jamás había logrado intimidarlo. Ni siquiera la noche que le confesó qué tipo de

criatura era en realidad.

–Nick... –lo increpó a modo de advertencia.

El Escudero abrió el correo.

–Vale, vale. Aquí está el mensaje de los Oráculos:

«De apolita y Daimon nacido será el que os mantenga en vilo.

Sangre de dioses corre por sus venas y la ira es su mejor compañera.

Si queréis a este ser controlar, un Cazador Oscuro con alma debéis encontrar.»

Kyrian frunció el ceño al escuchar el acertijo; la típica basura de los Oráculos. Por los dioses, cómo

los odiaba. ¿Es que no podían, por una sola vez, decir lo que tuvieran que decir hablando en cristiano?

Claro que no. No quisiera Zeus que los Oráculos los ayudaran de verdad a proteger a los humanos...

–¿Qué coño significa eso? –le preguntó a Nick.

Su Escudero giró el sillón para quedar de frente.

–Según Acheron, lo que quiere decir es que sólo un Cazador Oscuro con alma puede acabar con De-
siderius. Por eso ninguno de vosotros ha logrado matarlo antes. Es una simple profecía, ya sabes cómo

funciona esto.

–No existe ningún Cazador Oscuro con alma. Al menos, no con el alma en el cuerpo.

–Entonces, de acuerdo con los Oráculos y con Acheron, Desiderius es invencible.

Kyrian dejó escapar un profundo suspiro.

–Eso no es lo que quería oír esta mañana.

–Sí; lo único que tengo que decir es que me alegro de no estar en tu pellejo. –Nick frunció el ceño–.

Tienes los ojos verdes. ¿Qué te ha pasado?

–Nada.

Nick ladeó la cabeza y lo miró con suspicacia.

–Algo sucede –dijo antes de coger el móvil–. ¿Tengo que llamar otra vez a Acheron?

Kyrian le quitó el teléfono de las manos y lo miró con una furia asesina.

–No metas a Acheron en esto. Puedo arreglármelas solo.

–Más te vale. Eres un coñazo, pero no me gustaría nada tener que empezar a trabajar para otro Ca-
zador Oscuro.

Kyrian soltó un bufido.

–¿Y eso qué significa? ¿Es una declaración de amor?

–No, de lealtad. No quiero verte caer como le sucedió a Streigar.

La idea hizo que Kyrian dejara las bromas a un lado. Streigar había sido un implacable Cazador Os-
curo al que atraparon unos humanos, fanáticos de la caza de vampiros, que lo expusieron a la luz del

sol. Su muerte había sobrecogido a Cazadores Oscuros y a Escuderos por igual.

–No te preocupes –le dijo a Nick para tranquilizarlo–, no voy a acabar dándole los buenos días al sol.

Sé cómo arreglármelas.

–¿Qué te apuestas a que ésas fueron las mismas palabras de Streigar?

Kyrian dejó escapar un gruñido.

–¿No tienes clase hoy?

Nick soltó una carcajada.

–Tío, soy un Cajun de los pantanos, no necesito ir a clase, cher. –Se aclaró la garganta y dejó de uti-
lizar el acento cajun–. Y no, hoy hay que hacer la matrícula. Tengo que pensar las asignaturas que voy a

coger el próximo semestre.

–Genial, pero necesito que hagas unas cuantas cosas.

–¿Y qué tiene eso de nuevo?

Sarcasmo, tu nombre es Nick Gautier.

–Quiero que lleves de compras a Amanda; necesita ropa. Los Daimons quemaron su casa y no tiene

nada, excepto lo puesto.

Nick alzó una ceja.

–En ese caso, sus pertenencias son escasas porque me ha parecido que puesto, puesto... llevaba

más bien poco.

Kyrian miró a su Escudero con los ojos entrecerrados.

–No te pongas histérico –dijo Nick, alzando las manos en señal de fingida rendición–. Ya sé que es

tuya y jamás se me ocurría invadir tu terreno, pero tío, tampoco soy ciego.

–Un día de éstos... te convertiré en aperitivos para caimanes...

–Ya, ya. La amenaza tendría más peso si no supiera lo mucho que te gusta darme órdenes. Si no

pudieses mangonearme a cualquier hora de la noche, te volverías loco.

No podía negarlo. Las noches se hacían especialmente tediosas y largas cuando no había Daimons

que perseguir, y fastidiar a Nick a las tres de la mañana hacía que fuesen algo más entretenidas.

El Escudero sacó su Palm Pilot y comenzó a tomar notas.

–Vale. Misión secreta: llevar a la chica de compras. –Cuando acabó de escribir alzó la cabeza y miró

a Kyrian–. Por cierto, quiero un plus de peligrosidad este mes. Odio los centros comerciales.

Kyrian se rió.

–No hay más que mirarte para darse cuenta.

Nick fingió que el comentario le había dolido y lo miró simuladamente ofendido.

–Perdóneme, señor Armani. Es que me gusta la moda grunge.

–Lo siento, siempre se me olvida que ahora está de moda vestirse como si acabases de salir de de-
bajo de un contenedor de basura.

Nick continuó haciéndose el ofendido y le contestó con un fingido tartamudeo.

–¿Por qué no te vuelves a la cama de una puñetera vez y utilizas todo ese encanto con tu mujer?

Porque si sigues fastidiándome voy a acabar clavándote una estaca... –y en voz muy baja añadió–

...mientras duermes.

Kyrian cruzó los brazos delante del pecho.

–Vale, te daré una paga extra, pero no te pases con Amanda. Los comentarios sarcásticos los redu-
ces al mínimo.

–Sí, ¡oh gran Amo y Señor! –dijo al tiempo que añadía otra nota–: Ser agradable con la chica; man-
tener la boca cerrada. –Y volvió a mirarlo–. Por cierto, ¿algún límite de dinero para las compras?

–No. Todo lo que ella quiera gastar.

–Visitar tiendas pijas y Lord and Taylor

–Tráela de vuelta antes de que oscurezca o voy a usar tu pellejo cajun para dar de comer a los cai-
manes de Talon.

El miedo chispeó en los ojos de Nick. El muchacho odiaba a los caimanes, aunque Kyrian no sabía

por qué.

–Vale, eso sí me ha asustado.

–También quiero que vayas a casa de Talon y recojas un srad. Desiderius no se imagina la sorpresa

que vamos a darle.

Nick tembló ante la mención de las dagas circulares de Talon. Eran armas muy antiguas y, a su lado,

un Ginsu parecía un simple cuchillo para untar mantequilla.

–¿Sabes cómo usar esas cosas?

–Sí –le contestó Kyrian, respirando hondo–. Necesito dormir. Nick, lo más importante es que cuides

de Amanda.

Nick apagó la Palm Pilot y la colocó en la funda del cinturón.

–Te gusta, ¿verdad?

Kyrian no contestó; no se atrevía. Ninguno de los dos necesitaba saber la respuesta. Dándole la es-
palda a su Escudero, salió del despacho y se dirigió al dormitorio.

Tras darse una ducha rápida, Amanda regresó en silencio a la habitación para vestirse, mientras Ky-
rian dormía en la enorme cama con dosel. El lugar estaba completamente a oscuras, la única luz prove-
nía del baño. Resultaba imposible saber si era de día o de noche, aunque Kyrian siempre parecía saber

el momento exacto en que salía el sol.

Se acercó a la cama para observarlo; la sábana le tapaba hasta la cintura, ocultando su desnudez.

Ufffff, ese hombre tenía un cuerpo... Podría pasarse todo el día mirándolo, sin cansarse de observar esa

piel bronceada y exquisita que ansiaba explorar con los labios y las manos. ¿Qué había en él que le re-
sultaba tan adictivo?

Estaba deseando volver a besar esos labios exuberantes y enterrar las manos en ese pelo rubio, pero

no quería perturbar su sueño. Kyrian necesitaba recuperar fuerzas.

Salió de puntillas de la habitación y bajó las escaleras, camino de la cocina.

La luz del día se reflejaba sobre las superficies de mármol blanco, dando a la estancia un aspecto

alegre y luminoso. Rosa estaba friendo beicon y Nick ojeaba unos folletos informativos de la universidad,

sentado en un taburete.

De cuerpo esbelto y muy apuesto, el muchacho no aparentaba tener más de veinticuatro años. No le

vendría nada mal un corte de pelo, pero había que reconocer que la melena a la altura de los hombros

le sentaba muy bien a ese rostro de rasgos cincelados. Llevaba una sudadera ancha que había visto me-
jores días y unos vaqueros desgastados con un agujero en la rodilla.

–Oye, Rosa –increpó a la mujer sin levantar la vista del folleto–, si cojo español para el próximo se-
mestre, ¿me ayudarás a estudiar?, e imagino que Kyrian también te echará una mano.

–Sí

–Genial –dijo con ironía–. Entre eso y la Historia de la Antigua Grecia me lo voy a pasar de puta ma-
dre.

–¡Nick! –lo reprendió Rosa–. Ese lenguaje no es propio de un caballero.

–Lo siento.

La mujer puso un plato con beicon, huevos y tostadas delante de Nick y, al darse la vuelta, vio a

Amanda de pie en la puerta.

–Aquí está, señorita. ¿Tiene hambre?

–Un poco.

–Venga –le dijo, señalándole el taburete vacío junto a Nick–. Siéntese y le prepararé el desayuno.

–Gracias, Rosa.

La mujer le contestó con una sonrisa.

Amanda se sentó junto al Escudero, que se limpió la mano en los pantalones y se la ofreció.

–Nick Gautier –se presentó, con una sonrisa encantadora y llena de hoyuelos–. Más conocido como

Nick-mueve-el-culo-necesito-que-hagas... y ahí es donde la cosa varía.

Amanda soltó una carcajada.

–Es un poco mandón, ¿verdad?

–No lo sabes muy bien. –Nick cogió el móvil, que llevaba en una funda sujeta al cinturón, y se lo

ofreció–. Y hablando de él, me ha dicho que tienes que llamar al trabajo.

–Gracias.

Mientras Rosa le preparaba el desayuno, Amanda llamó a su jefe y le explicó lo ocurrido. Afortuna-
damente, el director se mostró muy comprensivo y le dio dos semanas libres para que se hiciera cargo

de la situación.

Tan pronto como colgó, comenzó a sentirse mal por la pérdida de su hogar.

–No puedo creer que incendiaran mi casa.

–¿Su casa? –preguntó Rosa–. ¿Quién ha hecho eso?

–Las autoridades lo están investigando –contestó Kyrian desde el salón.

Amanda se giró y lo vio de pie en la puerta. Estaba muy pálido y parecía incómodo.

Rosa le sonrió.

–M’ijo, estás en casa. Nick me dijo que ibas a salir.

–No me encuentro muy bien. –Aunque la expresión de su rostro era amable, miró a Rosa con los

ojos entrecerrados–. Esta mañana llegaste a tu hora, ¿no es cierto?

Rosa hizo caso omiso de su pregunta.

–Ven y siéntate. Te prepararé algo de comer.

Kyrian observó la luz que entraba a través de las ventanas abiertas con una mirada cautelosa y re-
trocedió, internándose en la oscuridad del salón.

–Gracias, Rosa, pero no tengo hambre. Nick, necesito hablar contigo. Sólo será un minuto.

El muchacho miró a Amanda con una sonrisa satisfecha.

–Por lo menos no me ha dicho que mueva el culo.

–Nick –lo llamó Kyrian–. Mueve el culo, chico.

Mientras Nick salía de la cocina para hablar con Kyrian, Rosa colocó un plato delante de Amanda.

–Pobrecita, ¿qué vas a hacer sin tu casa?

–No lo sé. Supongo que tendré que llamar a la compañía aseguradora; encontrar un lugar donde vi-
vir... –su voz se desvaneció al pensar en todas las cosas que tenía que hacer.

Tendría que reemplazar toda su vida. Todo: el cepillo de dientes, los zapatos, los libros... hasta los

teléfonos. ¡Ni siquiera tenía ropa interior!

Abrumada, perdió el apetito.

¿Qué iba a hacer?

Nick regresó y cogió el folleto informativo para mostrárselo a Kyrian, que esperaba en la puerta.

–Necesito que me hagas un favor. Tengo que matricularme a la una; si no estamos de regreso para

esa hora, ¿podrías rellenar el formulario en la página web? Sé que necesitas dormir, pero tengo muchas

ganas de coger Historia Griega el próximo semestre.

–¿Por qué?

–Las clases las dará el profesor Alexander y, según dicen, es muy bueno.

–¿Julian Alexander? –le preguntó Amanda.

–Sí –le contestó, Nick, mirándola sobre el hombro–. ¿Lo conoces?

Ella intercambió una mirada con Kyrian.

–Ni la mitad de bien que Kyrian.

Nick fingió un escalofrío.

–¡Ja! Tío, otro de los vuestros no. Genial. Mátame ahora mismo y así me ahorrarás el sufrimiento.

–No me tientes –le dijo Kyrian cogiendo el folleto–. A la una en punto. ¿Algo más?

–Sí; haz algo con esos ojos, me ponen la carne de gallina.

Kyrian alzó una ceja en señal de advertencia ante el tono altanero de su Escudero.

–Pasadlo bien.

–¿A qué se refiere? –preguntó Amanda a Nick en cuanto Kyrian se hubo marchado.

Él se sentó de nuevo en el taburete antes de contestarle.

–Vamos de compras –le dijo, haciendo un mohín y temblando teatralmente al pronunciar la palabra.

–¿Qué tenemos que comprar?

Nick tomó un sorbo de zumo de naranja.

–Cualquier cosa que usted necesite, señora. Abrigos de piel, diamantes... lo que sea.

–¿Diamantes? –repitió Amanda, riéndose ante la escandalosa idea.

–Paga Kyrian, así es que te aconsejo que vayas a por todas. Literalmente hablando.

Ella sonrió.

–No puedo permitir eso. Pagaré con mi propio dinero.

–¿Y para qué vas a gastarlo? No tienes ni idea de lo forrado que está. Te aseguro que si compras to-
do el centro comercial, ni siquiera lo notará.

Amanda no tenía la intención de seguir los consejos del Escudero pero, de cualquier forma, necesita-
ba algo de ropa.

–De acuerdo, ¿podemos parar un momento en casa de mi madre?

–Claro. Mi misión de hoy es complacerte... en todo lo que me pidas.

Ella meneó la cabeza al ver la pícara sonrisa en el rostro de Nick.

Se marcharon después de hacer una llamada a la compañía aseguradora para informarles del incen-
dio.

Amanda no pudo evitar sentirse más y más frustrada cada vez que Nick pagaba las facturas sin dejar

que ella se gastase nada.

–Cumplo órdenes –le dijo el Escudero por quinta vez–. Tú compras, yo pago.

Ella le contestó con un gruñido amistoso.

–¿Siempre obedeces sus órdenes?

–Siempre... pero sin dejar de quejarme.

Amanda soltó una carcajada mientras salían de la tienda y continuaban caminando por los pasillos

del centro comercial. Nick cargaba con todas las bolsas.

–¿Cuánto hace que trabajas para Kyrian? –le preguntó cuando llegaron a las escaleras mecánicas.

–Ocho años.

Ella lo miró con la boca abierta.

–Pues no pareces tan mayor.

–Sí, bueno. Es que tenía sólo dieciséis años cuando empecé.

–¿Se puede ser un Escudero a esa edad?

Nick volvió la cabeza para echar un vistazo a una joven muy atractiva, vestida con una estrecha mi-
nifalda, que bajaba junto a ellos y le dedicó su típica sonrisa plagada de hoyuelos antes de contestar a

Amanda.

–No me enteré de lo que era Kyrian hasta mucho después. Al principio, creía que no era más que un

tío podrido de dinero con el complejo de «vamos a ayudar al chico pobre».

Amanda lo miró con el ceño fruncido al tiempo que llegaban a la planta baja y se encaminaban por el

pasillo.

–¿Y por qué te dio esa impresión?

Nick acomodó las bolsas que sujetaba.

–Señora, tiene junto a usted al hijo de un criminal reincidente. Mi padre murió en Angola, hace ya

once años, durante un motín en la prisión.

Amanda hizo una mueca al pensar en lo doloroso que debía ser perder a un padre de esa manera.

–¿Y tu madre?

–Era una bailarina exótica en uno de los garitos de Bourbon Street. Crecí en la parte trasera del club

donde trabajaba, ayudando a los gorilas a echar a los clientes.

Ella sintió una punzada de dolor ante el panorama que Nick describía.

–Lo siento.

Él se encogió de hombros, como si no le diera mucha importancia.

–No te preocupes. Puede que mi madre haya cometido errores, pero es una madre estupenda; una

señora de armas tomar. Hizo todo lo que pudo con lo que teníamos. Mi padre la abandonó cuando sólo

tenía quince años y mi abuelo la echó de casa. Así es que nos quedamos ella y yo y, mientras tanto, mi

padre se dedicaba a entrar y salir de la prisión. Nunca tuvimos gran cosa, pero siempre me ha querido

mucho.

Amanda sonrió al percibir el amor que destilaba la voz de Nick. Era obvio que adoraba a su madre.

–¿Y cómo conociste a Kyrian?

Nick se detuvo unos instantes, como si estuviese sopesando el mejor modo de contarlo.

–Cuando llegué a la adolescencia, estaba ya harto de ver a mi madre agachar la cabeza, avergonza-
da; de ver cómo se quedaba sin comer para que yo tuviese un poco más. Recuerdo que la acompañaba

al trabajo y veía el hambre que se reflejaba en su rostro cada vez que miraba los escaparates de las

tiendas –dijo, suspirando–. Esa mirada hambrienta nunca la abandonaba.

El rostro de Nick adoptó una expresión dura antes de continuar.

–Mi madre es la mujer más dulce y con mejor corazón que Dios ha puesto en este mundo y no podía

soportar ver cómo se degradaba para que yo tuviese un plato de comida; ni cómo los hombres la bus-
caban a todas horas; ni la expresión de sus ojos cada vez que deseaba algo que jamás podría tener.

»A los trece años, decidí que no podía más y comencé a robar.

Amanda sintió que el corazón se le encogía. No podía felicitarlo por lo que había hecho, pero tampo-
co iba a condenarlo.

–Una noche, los chicos de la pandilla con la que me movía decidieron asaltar a una pareja de turistas

y me negué. Una cosa era robar en las tiendas y entrar en las casas de los ricos, y otra muy diferente

hacer daño a la gente. No estaba dispuesto a hacerlo.

Así que, aunque fuese un ladrón, Nick había conservado su sentido del honor, pensó Amanda.

–¿Qué sucedió? –le preguntó.

–Los chicos se enfadaron y decidieron que no les iría mal practicar unos cuantos golpes conmigo. Me

tumbaron en el suelo y comenzaron a aporrearme; pensé que iba a morir allí mismo pero, no sé cómo,

de repente, lo único que vi fue la mano de un tío que me ayudaba a levantarme y me preguntaba si es-
taba bien.

–¿Era Kyrian?

Nick asintió.

–Me llevó al hospital y pagó la factura. Me cosieron las heridas de los navajazos y las brechas de la

cabeza. Se quedó conmigo hasta que llegó mi madre y, mientras la esperábamos, me preguntó si quería

trabajar para él, haciendo encargos después de las clases.

A Amanda le resultaba muy fácil imaginarse al adolescente enterado y sabelotodo que había sido

Nick. Haber sido capaz de penetrar en esa personalidad tan cáustica y ver lo bueno que había debajo,

decía mucho a favor de Kyrian.

–¿Y accediste?

–Al principio no. No estaba muy seguro de querer estar cerca de un tío que tenía todo el dinero del

mundo. Además, mi madre sospechaba de él. Aún lo hace, de hecho. No le entra en la cabeza por qué

me paga tanto por hacer prácticamente nada –dijo con una carcajada–. Todavía cree que nos dedica-
mos al tráfico de drogas.

Ella resopló por la ocurrencia. Pobre mujer.

–¿Y qué le has dicho?

–Que Kyrian es un Howard Hughes con complejo de Dios. –Al instante se puso serio y la miró con

gravedad–. Le debo la vida. No sé dónde estaría ahora mismo si no me hubiese encontrado aquella no-
che. Bueno, seguro que no sería un estudiante de derecho de la universidad de Loyola ni conduciría un

Jaguar. Puede que Kyrian sea un capullo de primera, pero debajo de esa fachada hay un tío decente.

Amanda reflexionó sobre las palabras de Nick mientras salían del centro comercial y colocaban las

bolsas en el maletero de su flamante Jaguar negro. Nada más sentarse en el asiento, se colocó el cintu-
rón de seguridad antes de seguir con la conversación.

–¿Cuándo te dijo Kyrian la verdad?

Nick puso en marcha el coche y salió del estacionamiento.

–Cuando me gradué en el instituto y me hizo la oferta de ser su Escudero de forma permanente.

–¿Qué es exactamente un Escudero?

Nick se incorporó al tráfico y, al cambiar de marcha, Amanda vio en su mano derecha un curioso ta-
tuaje, con una extraña inscripción en griego que se asemejaba a una tela de araña, y comenzó a pre-
guntarse si todos los Escuderos tendrían la misma marca.

–Nuestro trabajo consiste en proteger a los Cazadores Oscuros durante el día y en proporcionarles

cualquier cosa que necesiten: comida, ropa, coches, mantenimiento de sus hogares... lo que sea. En una

época montábamos guardia, literalmente hablando, delante de las criptas donde dormían; y de ahí pro-
viene el mito de que los vampiros duermen en ataúdes. Como la luz del sol es su mayor enemigo, solían

dormir en cuevas o en cámaras ocultas que no tuvieran el más mínimo resquicio por donde pudiera pa-
sar la luz. Como recompensa por nuestros servicios, ellos nos proporcionan apoyo financiero.

–Entonces, ¿cada Cazador Oscuro tiene un Escudero?

–No. Algunos prefieren estar solos. Yo soy el primero que Kyrian ha tenido en los últimos trescientos

años.

Amanda se encogió al pensar en la soledad que debía haber sufrido Kyrian durante todo ese tiempo.

Se lo imaginaba vagando por su mansión, como un espíritu incapaz de encontrar el descanso, buscando

un consuelo que nunca llegaba.

–¿Y si quisieras abandonarlo? –le preguntó ella.

Nick tomó una profunda bocanada de aire y apretó con fuerza la mandíbula.

–No es tan sencillo. Hay una organización muy compleja alrededor de los Escuderos; como la del Ho-
tel California... puedes entrar cuando quieras, pero no puedes marcharte jamás. Si alguien abandona su

puesto, es sometido a vigilancia durante toda su vida y si traiciona a los Cazadores Oscuros o a los mis-
mos Escuderos, no vivirá mucho para arrepentirse.

La funesta declaración consiguió que a Amanda se le pusiera la carne de gallina.

–¿En serio?

–Sí, claro. Algunos de mis compañeros provienen de familias cuya antigüedad como Escuderos se

remonta a miles de años atrás.

–Pues a mí me parece una especie de esclavitud –dijo Amanda.

–No. Si quiero puedo dejarlo en cualquier momento, pero no puedo romper el juramento que he he-
cho como Escudero. Una vez se hace, es inquebrantable y eterno. El día que me case mi esposa no sa-
brá nada de la verdadera naturaleza de Kyrian ni de lo que hago para él, a menos que ella también haya

hecho el juramento. Cuando mis hijos se conviertan en adultos, tendré que decidir si entran a formar

parte de esto o no. Si elijo contarles todo, tendrán que presentarse ante Acheron y Artemisa; ellos estu-
diarán las solicitudes y decidirán si sirven o no.

Eso sí que resultaba aterrador ya que, mientras lo escuchaba, se le ocurrió algo espantoso.

–¿Y qué pasa conmigo? No irán a pensar que soy una amenaza, ¿verdad?

El rostro de Nick adoptó una expresión mortalmente seria cuando la miró, tras detenerse en un se-
máforo.

–Si así lo consideraran, uno de los Escuderos acabaría contigo.

Amanda tragó saliva.

–Eso no es muy reconfortante.

–No pretendo que lo sea. Nos tomamos nuestras obligaciones muy en serio. Los Cazadores Oscuros

son los únicos que garantizan que la humanidad no sea esclavizada o extinguida. Sin ellos, los apolitas o

los Daimons acabarían dominándonos.

Kyrian estaba tumbado en la cama, haciendo todo lo posible para conciliar el sueño pero, una y otra

vez, sentía a Amanda en su interior. Estaba viendo los restos de su casa. Lo sabía. Sentía sus lágrimas,

su ira y su desesperación.

Cómo la deseaba.

Cómo deseaba poder estar junto a ella en esos momentos para consolarla. Nunca antes le había mo-
lestado el hecho de no poder salir a la luz del día, pero ahora lo fastidiaba. Si no fuese un Cazador Oscu-
ro podría estar con ella y ofrecerle su fuerza y su apoyo.

Cerrando los ojos, respiró hondo e intentó alejar el dolor. Había elegido su destino en un momento

en que se encontraba cegado por la rabia y la angustia, y ahora no podía escapar a él. Artemisa guar-
daba su ejército celosamente y había puesto tan alto el listón que sólo se sabía de tres Cazadores Oscu-
ros que hubieran recuperado su alma en todos esos años.

El resto había muerto en el intento.

–¿Y, de todos modos, para qué necesito el alma? –se preguntó en voz baja al tiempo que abría los

ojos y fijaba la mirada en el dosel de tonos dorados y marrones que cubría la cama–. Lo único que hace

es debilitar a un hombre.

Su vida tenía una razón de ser. Un propósito.

¿Y entonces por qué deseaba a Amanda en lo más profundo de su ser y tan desesperadamente?

Era una sensación que no había experimentado desde hacía siglos y, en la única ocasión en la que

había sentido algo así, acabó traicionando a todos los que le habían amado.

–No volveré a ser débil –susurró. No es que es pensara que Amanda pudiera hacerle daño intencio-
nadamente, no. Lo que temía es que una vez le entregara su corazón y su lealtad, para él no habría

marcha atrás. La cosa era bien simple: estaba asustado de sí mismo y de lo que estaba dispuesto a ha-
cer para mantenerla a salvo.

Tras visitar los restos de la casa de Amanda y detenerse unos momentos en casa de su madre, Nick

condujo hasta el corazón del Barrio Francés y aparcó en una calle lateral, cerca de Chartres, hacia donde

se dirigieron a pie. El Escudero guió a Amanda a través de la concurrida zona comercial y se detuvo

frente a una tiendecita llamada Dream Dolls and Accesories.

Amanda lo miró con el ceño fruncido. ¿Por qué se detenían en una tienda de muñecas?

–¿Qué hacemos aquí? –le preguntó mientras él le abría la puerta para dejarla pasar.

–Vamos a ver a la señora que hace las muñecas.

Normal, si haces una pregunta estúpida...

Ella lo miró con escepticismo.

–¿Sabes una cosa? No creo que haga Barbies de tamaño real.

Nick resopló y la dejó pasar delante de él.

–No estoy buscando ninguna Barbie y este encargo no es para mí. Es para Kyrian.

Ahora sí que estaba preocupada.

–¿Por qué?

Antes de que el Escudero contestara, una señora mayor que estaba sentada en un banco de trabajo

situado junto a la puerta, llamó la atención de Amanda. Sostenía una Barbie a la que estaba retocando

el rostro.

La mujer llevaba un extraño artefacto de color naranja en la cabeza, con un pequeño reflector y una

lente bifocal. El artilugio le cubría el pelo, totalmente blanco, que llevaba recogido en un apretado moño.

Sus ojos marrones eran alegres y brillantes.

–Nicky, chiquitín –le dijo con tono maternal–. ¿Qué te trae por aquí en una tarde como ésta y con

una acompañante tan hermosa? Espera, creo que es la primera vez que te veo con una chica. –Mientras

hablaba lo señalaba con un diminuto pincel–. Una chica que bien merece la pena llevar al lado. Es gua-
písima, y no me refiero a su aspecto físico; tú ya me entiendes.

Nick se mesó el cabello y, avergonzado, miró a Amanda.

–Liza, amor mío –le dijo casi a gritos, dedicándole su pícara y encantadora sonrisa–. ¿Es que necesi-
to una razón para venir a ver tu encantador rostro?

La anciana rió ante el comentario.

–Puede que sea vieja, Nicholas Gautier, pero no soy estúpida –dijo dándose unos golpecitos en la

cabeza que hicieron que el artefacto se agitara–. Mi vieja antena aún funciona y, si mal no recuerdo, ha-
ce ya más de un siglo que un hombre como tú vino a hacerme una visita por gusto. Ahora, acércate y

dime al oído lo que necesitas.

Nick la obedeció y Amanda comprendió que la señora estaba sorda. De hecho, el Escudero le habla-
ba tan alto que podía escuchar todas y cada una de las palabras.

Hasta escuchó cómo le pedía explosivos plásticos.

–Recuerda –le dijo él–. Kyrian quiere uno exactamente igual al de Talon.

–Ya te he oído, Nicky –le contestó Liza pacientemente–. ¿Acaso crees que estoy sorda? –le preguntó

mientras miraba a Amanda y le guiñaba un ojo.

–¿Cuándo vengo a por todo? –le preguntó Nick.

Liza hizo un mohín con los labios.

–Dame un día o dos, ¿vale? –Alzó la muñeca que tenía en las manos y lo amonestó–: Una Barbie no

espera, ni siquiera por un Cazador Oscuro.

Nick soltó una carcajada.

–Claro Liza, gracias.

Camino de la puerta, la anciana los detuvo.

–¿Sabes, querida? –le dijo a Amanda, acercándose a ella. La señora apenas medía metro y medio. Le

dio unas palmaditas en el brazo y continuó–: Tienes un aura muy especial. Como la de un angelito.

Amanda sonrió, agradecida.

–Gracias.

Liza se alzó las lentes y se acercó a una estantería colocada junto a la puerta. Se puso de puntillas y

cogió una Barbie que había restaurado ella misma. La muñeca tenía el pelo largo, rizado y negro, unas

diáfanas alitas de ángel e iba vestida con un hermoso vestido blanco bordado con perlas.

Amanda jamás había visto nada tan hermoso y delicado.

Liza se la ofreció.

–Se llama Starla. Le pinté el rostro como el de una señora que viene muy a menudo por aquí. –Se

acercó la muñeca al oído, como si la Barbie le estuviera hablando; asintió y se la dio a Amanda–. Dice

que quiere irse a casa contigo.

Amanda la miró boquiabierta. Más aún al ver el precio en la etiqueta que colgaba de la muñeca: cua-
trocientos dólares.

–Gracias, Liza, pero no puedo aceptarla –rehusó, intentando devolvérsela.

Liza hizo un gesto con la mano, negándose a aceptar la muñeca de nuevo.

–Es tuya, cariño. Necesitas un ángel que cuide de ti.

–Pero...

–Está bien... –le dijo Nick, indicándole con un gesto que saliera de la tienda. En voz baja añadió–: Si

la rechazas herirás sus sentimientos. Le encanta regalarlas.

Amanda le dio un abrazo a la señora.

–Gracias, Liza. La guardaré como un tesoro.

Estaban ya en la puerta cuando Liza los detuvo de nuevo y cogió a Starla de los brazos de Amanda.

–Se me olvidaba una cosa –les dijo–. Starla es muy especial. –La anciana sujetó a la muñeca por las

piernas y presionó la cabeza hacia abajo. De los pies de la Barbie surgieron dos finas hojas metálicas de

unos ocho centímetros de largo.

–Especialmente diseñadas para los Daimons –anunció Lisa, tirando de la cabeza de la muñeca para

que las hojas volvieran a ocultarse–. La belleza, si es letal, resulta mucho más práctica.

Estupendo, pensó Amanda. No estaba muy segura de cómo manejar la situación.

La anciana le devolvió la muñeca de nuevo y le dio unas palmaditas en el brazo.

–Tened mucho cuidado.

–Lo tendremos –le contestó Nick y, en esta ocasión, consiguieron llegar a la calle.

Amanda no podía dejar de mirar la muñeca, sin saber muy bien qué pensar.

Nick se estuvo riendo de ella todo el camino de regreso al coche.

–Liza es una Escudera, ¿verdad? –le preguntó Amanda, al tiempo que entraba en el Jaguar y coloca-
ba a Starla, con mucho cuidado, en su regazo.

–Está retirada, pero sí. Ha sido Escudera y uno de los Oráculos durante treinta y cinco años, hasta

que dejó el cuidado de Xander a manos de Brynna.

–¿Liza es quien fabrica las botas de Kyrian?

Él negó con la cabeza mientras ponía en marcha el motor.

–Las armas más grandes las fabrica otro Cazador Oscuro; las espadas, las botas y ese tipo de mate-
rial. Liza hace armas pequeñas, como colgantes con explosivos. Es una artista consumada a la que le

encanta transformar joyas y otros objetos de aspecto inofensivo en armas letales.

Amanda soltó el aire lentamente.

–En serio, dais mucho miedo.

El comentario hizo que Nick soltara una carcajada antes de mirar el reloj.

–Son casi las tres. Aún tenemos que ir a casa de Talon y tengo que llevarte de vuelta antes de que

oscurezca, así es que hay que darse prisa.

–Vale.

Salieron de la ciudad y tardaron unos cuarenta minutos en llegar a los pantanos.

Tras descender por un largo y sinuoso camino sin asfaltar, llegaron a una enorme y vieja construc-
ción que se asemejaba a un cobertizo. Si no hubiera sido por las cerraduras que aseguraban las puertas,

Amanda habría creído que hacía por lo menos un siglo que no se utilizaba. Bueno, por eso y por el ex-
traño buzón que había en frente; negro y atravesado horizontal y verticalmente por lo que parecían ser

unos gigantescos clavos plateados.

–Talon es raro –le dijo Nick al ver cómo ella miraba fijamente el buzón–. Cree que tener un buzón

atravesado con clavos es divertido.

Abrió la puerta del cobertizo con el mando a distancia y, cuando entraron para aparcar el Jaguar,

Amanda se quedó boquiabierta. El interior, hecho de ladrillos y vigas de acero, albergaba un Viper, una

colección de cinco Harley Davidsons y un pequeño catamarán, amarrado en el muelle que había en la

parte trasera del edificio.

–¡Guau! –balbució al fijarse en una Harley que estaba apartada del resto, negra y reluciente bajo la

tenue luz. Obviamente, era una preciada posesión y recordó que era la moto que Talon montaba la no-
che anterior.

Nick ignoró tanto el descapotable como las motos y se fue directo al catamarán.

–¿Es que vive en el interior del pantano? –preguntó Amanda a Nick al acercarse al pequeño embar-
cadero, limpio y despejado, con espacio de sobra como para albergar otra embarcación más.

Nick la ayudó a subir al catamarán y fue a abrir la puerta que daba al pantano.

–Sí, siendo un antiguo celta, le encanta la naturaleza. Aunque sea espantosa.

Amanda alzó una ceja.

–¿De verdad es un antiguo celta?

–Ajá. Del siglo V o VI d.C. Era jefe de un clan. Su padre era un Sumo Sacerdote Druida y su madre

lideró al clan antes que él.

–¿En serio?

Asintió mientras soltaba las amarras del bote y saltaba a su interior. Una vez Amanda se acomodó,

Nick arrancó la embarcación.

–¿Cómo se convirtió en Cazador Oscuro? –le preguntó ella a voz en grito para hacerse oír sobre el

ruido del motor.

–Los miembros del clan lo traicionaron –le contó Nick al tiempo que salían del cobertizo y se interna-
ban en el pantano–. Le dijeron que necesitaban sacrificar a alguien de su sangre. La elección estaba en-
tre él o su hermana. Él se ofreció pero, tan pronto como lo tuvieron atado, mataron a su hermana de-
lante de sus narices. Se volvió loco pero, puesto que estaba atado, no podía hacer nada. Cuando se

acercaron a él para matarlo juró vengarse de todos ellos.

¡Jesús!, ¿es que ninguno de ellos había tenido una vida feliz?

–¿Mató a todos los miembros del clan? –le preguntó.

–Supongo.

Amanda permaneció en silencio, pensando en lo que acababa de escuchar. Pobre Talon. Ni siquiera

podía imaginar lo horrible que sería ver cómo asesinaban a una de sus queridas hermanas delante de

sus ojos. Puede que estuvieran todo el día fastidiándola, pero lo eran todo para ella y mataría a cual-
quiera que les hiciese daño.

El horror que ese hombre debía haber presenciado aquel día... Aún debía torturarlo.

Nick siguió internándose en el pantano hasta que llegaron a una cabaña increíblemente pequeña.

Amanda dudaba que llegara a los doscientos cuarenta metros cuadrados. El exterior parecía aún más

destartalado que el cobertizo donde habían dejado el coche de Nick. Los toscos tablones de madera

eran de un color grisáceo y daba la sensación de que podía derrumbarse al soplo de la más ligera brisa.

Según se aproximaban, vio un embarcadero detrás de la cabaña, con dos generadores enormes y

otro catamarán.

–¿Cómo se las apaña en la época de los huracanes? –preguntó Amanda a Nick mientras éste apaga-
ba el motor.

–Pues muy bien. Como uno de sus poderes es el de controlar el clima, no corre peligro alguno. Pero

siempre existe la posibilidad de que el lugar se desplome a la luz del día, mientras él está desprevenido,

durmiendo... y acabe frito.

–Les gusta el peligro, ¿no es cierto?

Nick soltó una carcajada.

–Sí, hay que tener bastante coraje para hacer lo que ellos hacen. Y coquetear con la muerte es un

requisito básico.

El Escudero salió del catamarán y le advirtió que no se moviera. Caminó con mucha precaución a lo

largo de un antiguo y estrecho sendero que llevaba desde el embarcadero hasta la puerta de la cabaña ,

y luego le hizo un gesto para que se reuniera con él.

–Atrás, Beth –le espetó a un caimán que había comenzado a acercarse a Amanda.

Ella regresó al bote de un salto.

–No pasa nada –la tranquilizo Nick–. Protegen a Talon durante el día. Mientras estés conmigo no te

harán nada.

–No estoy muy segura –le dijo mientras bajaba otra vez de la embarcación sin muchas ganas.

Cuatro gigantescos caimanes le lanzaron malévolas miradas y empezaron a seguirla de camino a la

puerta. Amanda sintió que el miedo le impedía respirar cuando vio al más grande de los cuatro reptiles

subir al porche tras ella y comenzar a agitar la cola con fuerza.

El animal lanzó un temible siseo.

–Cállate Beth –lo reprendió Nick–, o te juro que me haré unas maletas muy bonitas contigo. –Se dio

la vuelta y llamó a la puerta.

–Todavía no ha oscurecido, Nick –se escuchó la voz de Talon, con ese acento tan marcado, del otro

lado de la puerta; Amanda no pudo evitar preguntarse cómo sabía que eran ellos–. ¿Qué quieres?

–Necesito tu srad para Kyrian antes de que se ponga el sol.

Amanda escuchó unos ruidos en el interior de la cabina. Segundos después, sonó la cerradura y la

puerta se movió, dejando una estrecha abertura. Nick la abrió del todo e invitó a Amanda a entrar.

Ella intentó ver algo en la oscuridad que reinaba en la estancia, pero no lo consiguió hasta Nick en-
cendió una lamparita de escritorio. Cuando vio la habitación, se quedó helada. Las paredes estaban pin-
tadas de negro y aquello parecía el centro de control de una instalación militar. Había ordenadores y

equipos electrónicos por todos lados. Aunque el lugar y el aspecto externo del edificio no dieran mues-
tras de ello, ese tipo era un adicto a la tecnología.

Al mirar a Talon, su mandíbula estuvo a punto de desencajarse. El tío estaba completamente desnu-
do.

Y tenía un cuerpo increíble.

Tenía tatuada toda la parte izquierda del torso –por delante y por detrás– y todo el brazo con unos

extraños símbolos celtas en color rojo y negro. El enorme colgante, que representaba una cabeza de

dragón, brillaba en la pálida luz. Y, aunque el hombre era pecaminosamente apuesto, de algún modo

extraño, no se sentía atraída por él.

Obviamente, disfrutaba del fantástico espectáculo que tenía delante pero se dio cuenta de que no

lograba acelerarle el corazón como Kyrian. Ni siquiera le despertaba el más leve deseo sexual.

Por otra parte, Talon no parecía sentirse avergonzado por su desnudez.

Nick la miró con una sonrisa jocosa.

–Debería haberte advertido que los guerreros de la antigüedad ven el nudismo como algo natural. El

hecho de llevar ropa es una costumbre moderna que ninguno de ellos parece haber adoptado del todo –

dijo mirando a Talon–. Celta, ponte algo antes de que le dé un pasmo.

La respuesta de Talon consistió en un gruñido.

–¿Para qué? Me vuelvo a la cama. Coge lo que necesites y cierra con llave cuando os marchéis. –Se

detuvo junto al futón, situado en la pared del fondo de la estancia, y echó una mirada hambrienta a

Amanda–. Claro que, si quieres dejar aquí a Amanda, es posible que hasta me quede levantado y me

muestre sociable.

Nick resopló.

–Joder, Talon ¿es que no puedes estar una hora sin una mujer?

–Una hora no es problema, pero cuando pasan dos o tres empiezo a ponerme nervioso. –Se recostó

en el futón negro, se dio la vuelta hasta quedar de costado y cerró los ojos.

Por lo menos hasta que sonó el teléfono. Lanzando una maldición, Talon salió de la cama y contestó

mientras Nick se acercaba al enorme armario donde estaban las armas y cogía dos dagas de forma cir-
cular y aspecto letal.

–Wulf, ni siquiera estoy despierto todavía –masculló Talon–. Me da igual. Y además, ¿para qué me

preguntas a mí sobre la antigua Grecia? ¿Viví yo allí, acaso? Coño, la respuesta es no... no lo sé; no me

importa... Cuelga. –Se dio la vuelta y miró a Nick–. Nick, ¿sabes algo del culto de Pólux?

Nick lo miró por encima del hombro.

–Deberías llamar a Kyrian o a cualquiera de los griegos.

–¿Lo has oído? –Talon escuchó a su interlocutor un segundo antes de volver a hablar con Nick–. Ash

está de paseo, Brax, Jayce y Kyros están desaparecidos en combate y Kyrian no contesta al teléfono.

Wulf dice que es muy importante.

Ambos comprendieron a la vez la relevancia de lo que Talon acababa de decir.

Talon volvió a hablar con Wulf:

–¿Cuándo llamaste a Kyrian por última vez?

Entretanto, Nick cogió el móvil y marcó el número de Kyrian.

–Puede que esté en la ducha –sugirió Amanda.

Nick meneó la cabeza en forma de negativa.

–Aunque lo estuviera, Rosa contestaría al teléfono.

Tras un minuto de espera, Nick soltó el móvil.

–Algo va muy mal.


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